Tiene 42 años y perdió la visión hace más de tres. Mientras cumple prisión domiciliaria en la casa de su madre, Diego Rojas aprende a moverse de otra manera, defiende su autonomía y pone sobre la mesa una incomodidad: saber mucho sobre discapacidad no garantiza tener la menor idea de cómo acompañar a alguien.
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Perder la vista le cambió la vida. Los desplazamientos, las tareas cotidianas, la lectura y la relación con los demás tuvieron que encontrar otras formas. Un proceso complejo, bastante menos prolijo que esas historias de superación que vienen con música emotiva y parecen resolverse en tres minutos.
Diego habla de prestar atención, de aprender y de hacer las cosas a su ritmo. También de las barreras que aparecen cuando quienes lo rodean deciden, a veces con las mejores intenciones, qué puede hacer y qué no.
Porque el cariño ayuda. Pero cuando se pasa de protector, también estorba.
El piloto automático dejó de funcionar
Diego cuenta que, después de perder la visión, empezó a prestar atención a aspectos del entorno que antes le pasaban de largo. Caminar dejó de ser una acción casi mecánica: ahora necesita reconocer los espacios, escuchar y registrar lo que sucede alrededor.
Esa experiencia lo llevó a cuestionar la manera apurada en que muchas personas atraviesan el día. Ir, volver, cumplir, llegar. Y, si queda un rato, enterarse de que estuvieron vivas durante el trayecto.
En su caso, cambiar el ritmo fue una necesidad que también modificó su forma de estar presente. No significa que la ceguera venga con una revelación espiritual incluida. Significa que Diego encontró, dentro de una situación difícil, una manera propia de relacionarse con el mundo.
Escuchar tampoco es esperar el turno para hablar
El tono de voz, las pausas, la respiración y la velocidad de una conversación adquirieron otro peso para él. Dice que esos detalles le permiten percibir estados emocionales y advertir contradicciones que antes no registraba.
Diego siente que, en ocasiones, puede reconocer cuándo alguien no está siendo sincero o incluso cuándo se engaña a sí mismo. Es su interpretación de lo que escucha: perder la vista no convierte a nadie en detector de mentiras. Si así fuera, más de una conferencia de prensa tendría problemas técnicos.
La lectura también encontró otro camino. Siempre le gustó leer y ahora escucha audiolibros y pasajes bíblicos. Allí encuentra herramientas para pensar, aprender y alimentar una búsqueda personal que forma parte de su vida cotidiana.
La autonomía no necesita permiso familiar
Su madre y su hermana tuvieron miedo de que se lastimara al realizar tareas domésticas. Diego, acostumbrado a manejarse con independencia, busca demostrarles que puede hacerlas, aunque necesite otros tiempos y otras formas.
La preocupación es comprensible. El problema aparece cuando el miedo de los demás termina tomando todas las decisiones.
Acompañar exige aprender a ayudar sin reemplazar. Preguntar antes de hacer. Dejar espacio para probar, equivocarse y volver a intentar. Algo bastante elemental que, cuando hay una discapacidad de por medio, suele olvidarse con una facilidad asombrosa.
Diego quiere conservar la posibilidad de decidir y hacer por sí mismo. No está pidiendo una medalla por resolver una tarea de la casa.
Instituciones: el conocimiento queda precioso en el papel
Desde su experiencia, Diego cuestiona el acompañamiento que reciben las personas con discapacidad visual dentro del sistema penitenciario y de la Justicia. Señala la necesidad de contar con herramientas de adaptación y contención que, según plantea, no siempre llegan.
También marca una distancia entre conocer una definición y comprender lo que necesita una persona. Se puede manejar un vocabulario impecable sobre discapacidad y seguir sin escuchar a quien está enfrente. La teoría aprueba con diez; el trato se va a marzo.
Sus objetivos son concretos: quiere aprender el sistema braille y utilizar computadoras y teléfonos con herramientas de accesibilidad para comunicarse por escrito.
Para eso hacen falta formación, recursos y oportunidades. Las ganas están. El resto no debería quedar librado a la buena voluntad.
Enseñar desde lo que sabe
Diego cuenta que tiene formación en entrenamiento deportivo y rehabilitación, y que trabajó en gimnasios, hospitales y con personas con distintas discapacidades.
Considera que puede seguir enseñando y entrenando a otros. La pérdida de visión le plantea nuevas formas de trabajar, pero los conocimientos y la experiencia que acumuló siguen siendo parte de él.
Su planteo abre una pregunta sencilla: ¿cuántas veces se mira primero la discapacidad y se da por terminado el currículum?
Antes de decidir por alguien, convendría conocer qué sabe, qué puede aportar y qué apoyos necesita. Una evaluación concreta. Parece poco, pero todavía hay que explicarlo.
El viento no pide que lo mires
En su relato también aparecen los animales de la cuadra, el calor del sol, el viento y los sonidos de la naturaleza. Experiencias cotidianas a las que hoy les presta otra atención.
Habla, además, de la tranquilidad que encuentra en el silencio y la oscuridad. Son sensaciones personales, parte de su manera de atravesar este momento. No una receta universal para las personas ciegas ni una obligación de encontrarle poesía a cada dificultad.
A Diego esas experiencias le dan paz. Y alcanza con escucharlo sin convertir su vida en una moraleja.
Vivir, sin el examen obligatorio de superación
Diego invita a perder el miedo a equivocarse, a aflojar la carrera detrás de lo material y a dedicar tiempo al conocimiento de uno mismo. Su fe y su confianza interior ocupan un lugar importante en esa búsqueda.
No hace falta compartir todas sus conclusiones para reconocer lo que está reclamando: autonomía, aprendizaje y la posibilidad de seguir haciendo cosas que tienen sentido para él.
Diego está aprendiendo a vivir sin vista. A su alrededor, también hay cosas por aprender: acompañar sin invadir, escuchar sin subestimar y ofrecer herramientas en lugar de discursos.
Porque decirle a alguien que puede con todo sale gratis. Poner la accesibilidad a su alcance exige un poco más.
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